El camino del insurgente que se volvió presidente
LOCUMBA, ONCE AÑOS Y CIEN DIAS DESPUES
Con un alzamiento militar que lideró hace once años en Locumba, Ollanta Humala inició el 29 de octubre de 2000 su carrera a la Presidencia que logró hace cinco meses y que este viernes cumple cien días.
Aunque cien días es poco tiempo –solo 5% del total– para una evaluación concluyente sobre un gobierno, sí es suficiente para perfilar su personalidad, sus características básicas y sus límites y posibilidades, es decir, hasta dónde puede llegar.
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| OLLANTA HUMALA AL LADO DE SU HERMANO ANTAURO EN LOCUMBA DURANTE EL 2000 CUANDO SE LEVANTARON CONTRA EL REGIMEN DE FUJIMORI |
Aunque cien días es poco tiempo –solo 5% del total– para una evaluación concluyente sobre un gobierno, sí es suficiente para perfilar su personalidad, sus características básicas y sus límites y posibilidades, es decir, hasta dónde puede llegar.
Una primera constatación del período es que no fue el apocalipsis pronosticado por sus opositores. En sus cien primeros días, Humala consiguió un ‘soft landing’ –aterrizaje suave– gracias a poder cumplir con algunas promesas electorales como en el sueldo mínimo o el impuesto minero extra; congelar iniciativas inadecuadas como la reforma constitucional; perfilar el estilo de su Presidencia; y empezar a construir confianza.
Asimismo, ha debido lidiar con casos con indicios de manejos indebidos vinculados a gente de su partido, tanto del Congreso como del Ejecutivo –el de Omar Chehade es el más notorio–, frente a los cuales ha tomado una distancia saludable.
En los cien primeros días el gobierno también estableció sus prioridades en el crecimiento con inclusión social y la seguridad ciudadana, y designó a personas capaces para dichas tareas.
Pero lo que no ha podido lograr hasta ahora es plasmar su voluntad de avanzar en esos objetivos, en planes específicos que se traduzcan en un conjunto simple y creíble de indicadores que permitan, por un lado, evaluar la gestión del gobierno y, por el otro, tener una perspectiva más precisa del Perú que la Presidencia de Humala espera dejar el 28 de julio de 2016.
El gran riesgo del gobierno del presidente Humala es caer en el conformismo de creer –como el de Alan García– que el adecuado mantenimiento de la macroeconomía y la atracción de inversión privada son suficientes para tener ‘éxito’.
Eso es, por supuesto, indispensable, pero si no viene junto con reformas profundas para mejorar la calidad de los servicios públicos elementales –educación, salud, seguridad, justicia–, así como la competitividad y la infraestructura del país, este gobierno corre el riesgo de terminar con la misma sensación de frustración nacional con la que se fue el anterior.
Hoy que estará en Locumba, once años después de su levantamiento militar, y a cien días del inicio de su Presidencia, quizá sea una buena oportunidad para que Ollanta Humala evalúe el camino recorrido por el insurgente del 2000 que se volvió presidente en el 2011, y piense sobre lo mucho que hace falta hacer para que, en el 2016, concrete un buen mandato.

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